07 febrero 2006

Despolitizar

Desde que en el siglo XIX se ligara el concepto nación a partir de la existencia de distintos grupos lingüísticos, la lengua siempre ha estado unida al nacionalismo. La existencia de una comunidad lingüística definía la existencia de una comunidad nacional con derecho a constituirse en estado soberano y, por el contrario, los estados soberanos buscaban la homogeneización lingüística como refuerzo de su legitimidad.
Aunque muy matizada por el paso de los años, todavía en el siglo XXI está consolidado el binomio lengua-nación que hace que los aspectos lingüísticos (de por sí un mero hecho cultural) transciendan fácilmente a la política. Una relación que en el caso de muchas lenguas supone su condena a muerte. Cantabria es un caso paradigmático. Imposible explicar de otra forma que un presidente regional nacido y criado en Polaciones pueda decir que la única lengua que existe en Cantabria es el castellano. Podríamos achacarlo a la ignorancia, pero quizás sea más acertado creer que se debe a otro intento por alejarse de tesis nacionalistas. Y qué mejor forma que negar su propio patrimonio lingüístico como prueba definitiva. También desde el nacionalismo se produce un movimiento parecido pero contrario: negar al cántabru como lengua propia es cuestión fuera de lugar.
Por supuesto existen muchos otros ejemplos en los que no se produce esta relación, pero en líneas generales, la idea está profundamente arraigada. Una idea que, dada la escasa implantación del nacionalismo en Cantabria juega completamente en contra de las hablas de nuestra tierra. Quizás algún día el nacionalismo tenga suficiente fuerza como par imponer sus tesis, pero para ese día ya no habrá nada que conservar.
Por tanto, es necesario que la cuestión lingüística se convierta en un tema transversal dentro de la política en Cantabria, que no se vea afectado por la lucha partidista que domina la política y no sea utilizada como arma arrojadiza entre unos y otros.
Despolitizar. No porque no sea una cuestión política en el sentido etimológico del término (que sí lo es), sino porque no debe convertirse en una debate partidista en el triste sentido que a veces toma en nuestro sistema democrático. Nuestra riqueza cultural depende de ello.

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